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  • ZAIDA ORTEGA DIAGO

Nuestra madre Tierra también necesita cuidados intensivos


Vivimos en el único planeta conocido que alberga vida. Somos una rarísima y bella excepción en un Universo enorme y desierto. Hoy es el 50 aniversario del día Internacional de la Madre Tierra, un momento para agradecer y celebrar nuestro planeta, pero también para pensar en cómo se encuentra, y las noticias no son buenas. Nuestra vieja madre tiene serios problemas de salud, que hemos creado algunos seres humanos debido a un empeño fantasioso de crecer aceleradamente ignorando los límites planetarios. Los síntomas se manifiestan en forma de crisis ecológicas: la crisis de los plásticos, la acidificación de los océanos, la extinción masiva de especies o el cambio climático. Aunque todos estos síntomas de la crisis de salud de la Tierra acaban perjudicando a nuestra especie, hay algunos que nos golpean más rápido o más fuerte. Ese es el caso de la aparición de nuevos patógenos, ya que la crisis sanitaria que vivimos con el COVID-19 también procede de nuestro mal hacer a la Tierra. En concreto, a los animales más próximos a nosotros, aves y mamíferos, ya que son sus virus los que pueden saltar a la especie humana más fácilmente. En condiciones que favorezcan los ecosistemas sanos es muy difícil que se produzca ese salto de especie, pero sí puede ocurrir -y ya ha ocurrido varias veces, la última con el coronavirus- cuando deterioramos los ecosistemas o cuando estresamos a los mamíferos y aves de una manera intensa y prolongada. Sonia Shah escribió un magnifico artículo donde se resume el efecto de nuestra degradación ambiental en la aparición de nuevos patógenos, así que simplemente voy a resumir algunos puntos.


Prevenir es mejor que curar



El 60 % de los nuevos patógenos que aparecen tienen origen en la forma en cómo tratamos a los animales. Un tercio de estos provienen de la ganadería y dos tercios de los animales salvajes, debido a la destrucción de sus hábitats y su caza y tráfico ilegal. Si queremos prevenir futuras epidemias, tenemos que centrarnos en su origen. De poco nos serviría tener los mejores hospitales y protocolos internacionales si siguiésemos fomentando la aparición de nuevos virus y bacterias. Prevenir una crisis sanitaria ahorra mucho sufrimiento humano y es inmensamente más barato que tener que solucionarla una vez ha aparecido. Entonces ¿Cómo hacemos esa prevención de primera línea? Primero, acabando con el tráfico ilegal de animales salvajes. En este aspecto alegra saber que China -unos de los principales países implicados en ello- ya ha dado el primer paso prohibiendo la comercialización de animales salvajes. En segundo lugar, hay que potenciar al máximo la conservación de hábitats naturales y la restauración de los hábitats degradados. Necesitamos una regeneración extrema en este sentido.


Hay muchas meditas para reducir la destrucción de hábitats, pero hay una que es especialmente potente. Un tercio de todos los hábitats naturales que se destruyen en el mundo (ni más ni menos que el equivalente al tamaño de África) se dedican a alimentar al ganado. Reducir el consumo de carne permitiría recuperar un territorio inmenso a hábitats naturales que alberguen ecosistemas sanos, ricos en diversidad de especies e interacciones biológicas. Esos ecosistemas sanos serían una barrera para la aparición de patógenos, a la vez que nos ayudan a reducir el cambio climático y nos proporcionan agua limpia, polinizadores y otros muchos servicios ecosistémicos. Soy consciente de que pedir que se deje de consumir carne, debido a factores culturales y socioeconómicos, no es sencillo, pero esta pandemia debería al menos hacernos pensar en reducir mucho su consumo. La tercera medida de prevención ecológica sería reducir y/o transformar las granjas industriales de animales. La OMS ya señaló hace años que la aparición de nuevas bacterias resistentes a antibióticos es una de las principales amenazas que enfrenta la humanidad. Además de esta prevención de origen, necesitamos invertir en investigación, diplomacia científica y sanidad pública para catalogar y vigilar los potenciales lugares de aparición de nuevos patógenos y articular protocolos globales y nacionales de acción para prevenir su contagio. En este sentido, es muy interesante el enfoque One Health que une expertos y expertas de varias disciplinas relacionadas con la salud humana, animal y de los ecosistemas, considerando que los humanos sólo podremos tener salud dentro de un planeta sano. En España se estuvo planteando para incorporar ese enfoque en el gobierno de Pedro Sánchez, espero que con lo aprendido en esta crisis se vuelva a considerar.


Conservar la salud del planeta


Una buena noticia es que la protección y regeneración ambiental que necesitamos para prevenir futuras epidemias sirve también para paliar el resto de crisis que enfrentamos, ya que provienen todas de la contaminación y destrucción de la naturaleza. Podemos decir que la protección y regeneración ambiental es la medicina que tenemos que dar a nuestra madre Tierra para que recupere su salud. Pero, en el estado tan grave en que nos encontramos, está claro que durante un tiempo necesitaremos un plan de cuidados intensivos para poder recuperarla. El avance del cambio climático está superando las peores predicciones que llevamos haciendo los científicos y científicas desde hace décadas. Por eso esta década es la década decisiva. Tenemos una ventana temporal de diez años, hasta 2030, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en, al menos, un 50%. Si conseguimos cumplir esa meta, y para 2050 conseguimos tener una emisión neta nula (es decir, emitir la cantidad de gases que la biosfera puede absorber) lograríamos evitar las peores consecuencias del cambio climático. Si no, se pronostica que en una o dos décadas tendremos sequías inmensas, que llevarán a más de 200 millones de personas a migrar, hambrunas, colapsos sociales y violencia, desastres naturales continuos y expansión de enfermedades tropicales, entre otras pesadillas que -como nos está pasando con la pandemia del coronavirus- se materializarán como nuestra nueva y horrible normalidad. Por el contrario, si tomamos las riendas de la descarbonización de la economía y la regeneración ambiental podremos prosperar -con más desastres naturales, sequías y aumento del nivel del mar que ya no podemos evitar- pero con un escenario de aire limpio, energías renovables y baratas, desplazamientos y alimentación más saludable, y ciudades verdes que conserven la biodiversidad y la salud humana. Para conocer mejor estos dos futuros alternativos que podemos elegir, recomiendo leer The Future We Choose [El Futuro que Elegimos], un maravilloso libro escrito por unos de los mayores expertos mundiales en cambio climático: Christiana Figueres y Tom Rivett-Carnat.


Además, hay que tener en cuenta que cualquier crisis siempre golpea más fuerte a las personas más vulnerables, aumentando las desigualdades. Por eso hay quien considera al cambio climático como la mayor injusticia del mundo: creada por países ricos pero de la que sufrirán las peores consecuencias en países empobrecidos. El reparto de recursos en el planeta y la vulnerabilidad a la violencia están marcados por discriminaciones colonialistas, de clase, etnia, género e identidad sexual, entre otras. Aunque en grados diferentes, todas ellas se suman: cuantas más encarnes, menos acceso a los recursos y más probabilidad de sufrir violencia. Ya está pasando con los efectos del cambio climático y también con la crisis sanitaria, así que es imprescindible que todos los pasos para paliar la crisis sanitaria, así como la crisis ecológica global de la que proviene y regenerar la naturaleza partan de la justicia social como bandera y la incluyan en todas las medidas a adoptar.


La década decisiva: ¿qué futuro eliges?


Hemos empezado 2020 con una gran catástrofe global, y ahora lo más urgente es recuperarnos, sanarnos y cuidar de nuestros seres queridos. Pero considero que en nuestra lista de cuidados debería de estar también la madre Tierra. Somos 7.800 millones de personas, para lo malo, pero también para lo bueno: si la mayoría metemos el cuidado de la madre Tierra en nuestra lista de prioridades creo que podremos sacarla del atolladero, al menos en gran parte. Pero, ¿cómo podemos darle esos cuidados? Pues bien, en el estado ambiental tan degradado en el que nos encontramos, y con la estrecha ventana temporal que tenemos para reducir emisiones, hay que actuar ya al menos a dos niveles: (1) en nuestro comportamiento individual y (2) a nivel político. Se sabe que las protestas no violentas funcionan: si el 3.5% de la población reclama algo, la política acaba respondiendo. Por un lado, se trata de cambiar nuestra forma de alimentarnos, consumir y desplazarnos, cosa que nos parecía muy difícil de conseguir antes de la crisis del COVID-19, pero que ya hemos visto que es posible. La clave está en hacer un cambio tras otro, sin agobiarse pero con mucha energía positiva, e ir avanzando así hasta reducir nuestra huella de carbono todo lo que podamos. Por otro lado, podemos implicarnos con el activismo ambiental y salir a protestar cada viernes con los activistas por el clima (en tiempos de confinamiento también hacen huelga de manera virtual). Se ha comprobado que estas protestas funcionan, que están aumentando la conciencia medioambiental general y presionando a los políticos de manera efectiva. Además, es imprescindible, independientemente de la ideología de cada cual, votar propuestas políticas que tengan planes de acción claros para descarbonizar la economía y proteger y restaurar la naturaleza.


Nos encontramos en la década más importante de la historia de la humanidad, en la que podemos decidir el futuro de nuestros jóvenes, otras muchas generaciones y, probablemente, la especie humana. Es como uno de esos libros en que puedes elegir qué camino seguir, ¿tú con cual te quedas?

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